ashtray girl

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kinodna:

Tantas películas por ver…
El universo está muy mal repartido, es algo que suelo decir. Yo por ejemplo, me despierto todas las mañanas, me doy una buena ducha que puede durar hasta quince minutos, dejo una película cargando en Cuevana para verla probablemente en la noche, paso junto a mi torre de películas, sintiéndome mal por todas aquellas que no he visto y todas aquellas que no veré, dejo mi cama sin tender porque me gusta más así, le doy un último vistazo a los afiches de mi cuarto, orgulloso de mis dos pendones de Little Miss Sunshine y My Blueberry Nights que ocupan toda una pared, orgulloso de que mi habitación, definitivamente se parece a mí.
Voy a la universidad, me quejo de que me pongan Godard a las 7:00 am. porque Godard no se aprecia a las siete de la mañana, luego al trabajo, rodeado de cine todo el día, le miento a algunos clientes cuando me preguntan si he visto alguna película, no las he visto todas pero he desarrollado la habilidad de mantener conversaciones sobre films que no he visto, regreso a casa entrada la noche, me espera mi cama destendida, los afiches, los pendones, me doy otra ducha para aligerar el cansancio, tal vez escriba un poco o lea algún libro, la película de Cuevana que me espera, pero estoy cansado, me quedo dormido y cometo el sacrilegio de fragmentarla en dos y hasta tres partes, ninguna película se merece eso, pero ¿cómo hago?, la vida de esta ciudad nos fragmenta a todos, vivimos juntando pedacitos, pedacitos de canciones en el metro, párrafos de libros, conversaciones cortas en una esquina y “Adiós, llámame para vernos”. Llegar a la casa, acostarme con la ansiedad de todas las películas que no voy a ver, de todos los discos que no voy a escuchar y todos los libros que no voy a leer, mirar el lado izquierdo de mi cama, pensar que realmente, he aprendido a apreciar ese único momento de soledad que tengo durante el día.
Pero esa es mi realidad, existen otras realidades. 
Hay gente que llora en la calle, gente que no come a diario, que no se baña a diario, gente cuya necesidad primaria es sobrevivir un día más (a como dé lugar) y no se preocupa por nimiedades como yo. Tuve la suerte de ser testigo de una de esas realidades, de ver como el hambre se manifiesta en cada centímetro de un cuerpo, de cómo el instinto crea mecanismos de defensa porque “la gente es mala flaco”, de cómo la calle se convierte en un hogar, de cómo la ignorancia en efecto es muy atrevida; tuve la suerte de ver el agradecimiento en un rostro, sobre todo tuve la suerte de sentirme afortunado, y egoísta a la vez.
Eliécer finalmente pudo ver su película completa, el viernes en la tarde después de una semana que hicimos el trato, de hecho vio dos películas: Las aventuras de Chihiro y Kung Fu Sion, probablemente haya tenido la mejor tarde en mucho tiempo, se marchó con una sonrisa tan agradecida que no hallo cómo describirla, ropa limpia, zapatos nuevos y una cobija. Por un día metimos en una bolsa su olor a calle, la pesadez del descuido y los harapos de la indiferencia para lanzarlos a la basura.
No fue tan fácil, a pesar de la colaboración de todas las personas que se solidarizaron haciéndome llegar ropa, zapatos, y sobre todo, la película, muchas gracias muchachos. El problema estaba en buscar un lugar donde Eliécer se diera una buena ducha, un baño donde pudiera tener diez minutos de intimidad. El miércoles 21 de septiembre, día mundial de la paz, llegué al trabajo con un optimismo envidiable, pensé que si pedíamos ayuda ese día nadie se atrevería a negarse, él recurrió a algunos locales donde le suelen dar comida pero sólo recibió excusas, a mí se me ocurrió pedir ayuda en un complejo cultural, contando la historia de Eliécer desde la recepcionista hasta cuanta secretaria y empleado donde me hicieran llegar, porque claro, la burocracia es una torre de Babel, ustedes saben, hasta que llegué a la oficina de la ilustre señora que me tenía que dar la aprobación, lamentablemente ella no me pudo atender, yo le di detalles a su asistente y le dejé mis números telefónicos, para que dos horas después me llamaran y me dijeran que lamentablemente no sería posible, en ese momento recordé que las efemérides son simplemente fechas.
Un amigo ofreció el baño de su trabajo para que el muchacho se bañara, pero Eliécer no apareció en el resto del día y yo me marché a casa con la sospecha de que a la paloma de la paz no le gusta bañarse. El jueves tampoco se pudo, Eliécer fue a la tienda antes de que yo llegara, mi jefa le dijo que el día anterior me quedé esperándolo, él prometió regresar a las dos de la tarde, pero llegaron las dos y las tres, las tres y media, así que fui a buscarlo a sus escaleras, lo conseguí durmiendo bajo sus cartones, sucio de mugre y sucio de sueño, traté de despertarlo pero no respondía, imaginé que tal vez el cansancio ofrecía mejores opciones que yo, por eso de no dormir durante la noche, así que decidí dejarlo dormir un rato más y tratar más tarde, cuando regresé, Eliécer ya no estaba, a cambio me recibieron los cartones tirados en el suelo de las escaleras junto con una constitución de la república, que curiosamente me hizo pensar que no todos somos iguales ante los ojos de ella.
Ese día Eliécer se apareció cuando ya estaba cerrando la tienda, yo un poco cansado de lo difícil que se estaba haciendo ya cumplir con mi promesa, le dije que si no quería bañarse entendería, él bajó la mirada y se marchó diciendo que regresaría al día siguiente. Así fue, el viernes apenas llegué a la tienda apareció, emocionado con la idea de bañarse, pero luego me hizo saber del miedo de los días anteriores, que si algún policía lo veía conmigo pensaría que me estaba tratando de robar, o que si se bañaba la gente simplemente no le daría dinero a un niño limpio, porque al parecer la caridad es estimulada por el mal olor. Entré a la tienda y en un descuido Eliécer echó a correr, lo dejé irse y pensé que tal vez el bañarse aportaba más problemas que soluciones.
Una hora después Eliécer apareció empapado en la puerta de la tienda, con un jabón en sus manos y me dijo:
- ¡Flaco ya me bañé!
Así que ese día Eliécer se bañó, en la fuente de Plaza Altamira como siempre suele hacerlo, escondiéndose de los policías, ante la mirada escrupulosa de la gente muy perfumada que transita por la plaza, pero se bañó. Luego eligió una muda limpia de ropa, abrió la llave de agua frente a la tienda y lavó sus pies llenos de llagas por los zapatos viejos que le apretaban, porque la necesidad duele.
La película finalmente tuvo un final feliz, un final sin esconderse debajo de las butacas, en un lugar donde Eliécer pudo reírse a carcajadas sin miedo a ser descubierto por los guardias de seguridad, porque no hay nada más triste que reír en silencio. Pudo comer cotufas y tomar refresco, mientras sus ojos miraban atentos como Chihiro lograba escapar de la malvada Yubaba y regresaba a su hogar.
Al final del día Eliécer regresó a su “hogar” también, a las escaleras externas del CELARG, donde al menos esa noche tendría una cobija que reemplazaría a los fieles cartones, sin embargo, esa cobija no reemplazará los once años a la intemperie, ni la simbiosis que han hecho la calle y él. 
La realidad es, que Eliécer no va a dejar nunca la calle, él en el fondo es feliz así: sin horarios, sin deudas, sin obligaciones, sin ansiedades. Es una cuestión de orgullo, de demostrarle a la calle que él puede sobrevivir un día más, y otro, y otro. Ahí no hay nada que yo pueda hacer. Esa misma noche regresé a mi casa, a mi cómoda cama, pensando en todas las películas que no voy a ver, todos los discos que no voy a escuchar y todos los libros que no voy a leer, y eso tampoco cambiará.

kinodna:

Tantas películas por ver…

El universo está muy mal repartido, es algo que suelo decir. Yo por ejemplo, me despierto todas las mañanas, me doy una buena ducha que puede durar hasta quince minutos, dejo una película cargando en Cuevana para verla probablemente en la noche, paso junto a mi torre de películas, sintiéndome mal por todas aquellas que no he visto y todas aquellas que no veré, dejo mi cama sin tender porque me gusta más así, le doy un último vistazo a los afiches de mi cuarto, orgulloso de mis dos pendones de Little Miss Sunshine y My Blueberry Nights que ocupan toda una pared, orgulloso de que mi habitación, definitivamente se parece a mí.

Voy a la universidad, me quejo de que me pongan Godard a las 7:00 am. porque Godard no se aprecia a las siete de la mañana, luego al trabajo, rodeado de cine todo el día, le miento a algunos clientes cuando me preguntan si he visto alguna película, no las he visto todas pero he desarrollado la habilidad de mantener conversaciones sobre films que no he visto, regreso a casa entrada la noche, me espera mi cama destendida, los afiches, los pendones, me doy otra ducha para aligerar el cansancio, tal vez escriba un poco o lea algún libro, la película de Cuevana que me espera, pero estoy cansado, me quedo dormido y cometo el sacrilegio de fragmentarla en dos y hasta tres partes, ninguna película se merece eso, pero ¿cómo hago?, la vida de esta ciudad nos fragmenta a todos, vivimos juntando pedacitos, pedacitos de canciones en el metro, párrafos de libros, conversaciones cortas en una esquina y “Adiós, llámame para vernos”. Llegar a la casa, acostarme con la ansiedad de todas las películas que no voy a ver, de todos los discos que no voy a escuchar y todos los libros que no voy a leer, mirar el lado izquierdo de mi cama, pensar que realmente, he aprendido a apreciar ese único momento de soledad que tengo durante el día.

Pero esa es mi realidad, existen otras realidades.

Hay gente que llora en la calle, gente que no come a diario, que no se baña a diario, gente cuya necesidad primaria es sobrevivir un día más (a como dé lugar) y no se preocupa por nimiedades como yo. Tuve la suerte de ser testigo de una de esas realidades, de ver como el hambre se manifiesta en cada centímetro de un cuerpo, de cómo el instinto crea mecanismos de defensa porque “la gente es mala flaco”, de cómo la calle se convierte en un hogar, de cómo la ignorancia en efecto es muy atrevida; tuve la suerte de ver el agradecimiento en un rostro, sobre todo tuve la suerte de sentirme afortunado, y egoísta a la vez.

Eliécer finalmente pudo ver su película completa, el viernes en la tarde después de una semana que hicimos el trato, de hecho vio dos películas: Las aventuras de Chihiro y Kung Fu Sion, probablemente haya tenido la mejor tarde en mucho tiempo, se marchó con una sonrisa tan agradecida que no hallo cómo describirla, ropa limpia, zapatos nuevos y una cobija. Por un día metimos en una bolsa su olor a calle, la pesadez del descuido y los harapos de la indiferencia para lanzarlos a la basura.

No fue tan fácil, a pesar de la colaboración de todas las personas que se solidarizaron haciéndome llegar ropa, zapatos, y sobre todo, la película, muchas gracias muchachos. El problema estaba en buscar un lugar donde Eliécer se diera una buena ducha, un baño donde pudiera tener diez minutos de intimidad. El miércoles 21 de septiembre, día mundial de la paz, llegué al trabajo con un optimismo envidiable, pensé que si pedíamos ayuda ese día nadie se atrevería a negarse, él recurrió a algunos locales donde le suelen dar comida pero sólo recibió excusas, a mí se me ocurrió pedir ayuda en un complejo cultural, contando la historia de Eliécer desde la recepcionista hasta cuanta secretaria y empleado donde me hicieran llegar, porque claro, la burocracia es una torre de Babel, ustedes saben, hasta que llegué a la oficina de la ilustre señora que me tenía que dar la aprobación, lamentablemente ella no me pudo atender, yo le di detalles a su asistente y le dejé mis números telefónicos, para que dos horas después me llamaran y me dijeran que lamentablemente no sería posible, en ese momento recordé que las efemérides son simplemente fechas.

Un amigo ofreció el baño de su trabajo para que el muchacho se bañara, pero Eliécer no apareció en el resto del día y yo me marché a casa con la sospecha de que a la paloma de la paz no le gusta bañarse. El jueves tampoco se pudo, Eliécer fue a la tienda antes de que yo llegara, mi jefa le dijo que el día anterior me quedé esperándolo, él prometió regresar a las dos de la tarde, pero llegaron las dos y las tres, las tres y media, así que fui a buscarlo a sus escaleras, lo conseguí durmiendo bajo sus cartones, sucio de mugre y sucio de sueño, traté de despertarlo pero no respondía, imaginé que tal vez el cansancio ofrecía mejores opciones que yo, por eso de no dormir durante la noche, así que decidí dejarlo dormir un rato más y tratar más tarde, cuando regresé, Eliécer ya no estaba, a cambio me recibieron los cartones tirados en el suelo de las escaleras junto con una constitución de la república, que curiosamente me hizo pensar que no todos somos iguales ante los ojos de ella.

Ese día Eliécer se apareció cuando ya estaba cerrando la tienda, yo un poco cansado de lo difícil que se estaba haciendo ya cumplir con mi promesa, le dije que si no quería bañarse entendería, él bajó la mirada y se marchó diciendo que regresaría al día siguiente. Así fue, el viernes apenas llegué a la tienda apareció, emocionado con la idea de bañarse, pero luego me hizo saber del miedo de los días anteriores, que si algún policía lo veía conmigo pensaría que me estaba tratando de robar, o que si se bañaba la gente simplemente no le daría dinero a un niño limpio, porque al parecer la caridad es estimulada por el mal olor. Entré a la tienda y en un descuido Eliécer echó a correr, lo dejé irse y pensé que tal vez el bañarse aportaba más problemas que soluciones.

Una hora después Eliécer apareció empapado en la puerta de la tienda, con un jabón en sus manos y me dijo:

- ¡Flaco ya me bañé!

Así que ese día Eliécer se bañó, en la fuente de Plaza Altamira como siempre suele hacerlo, escondiéndose de los policías, ante la mirada escrupulosa de la gente muy perfumada que transita por la plaza, pero se bañó. Luego eligió una muda limpia de ropa, abrió la llave de agua frente a la tienda y lavó sus pies llenos de llagas por los zapatos viejos que le apretaban, porque la necesidad duele.

La película finalmente tuvo un final feliz, un final sin esconderse debajo de las butacas, en un lugar donde Eliécer pudo reírse a carcajadas sin miedo a ser descubierto por los guardias de seguridad, porque no hay nada más triste que reír en silencio. Pudo comer cotufas y tomar refresco, mientras sus ojos miraban atentos como Chihiro lograba escapar de la malvada Yubaba y regresaba a su hogar.

Al final del día Eliécer regresó a su “hogar” también, a las escaleras externas del CELARG, donde al menos esa noche tendría una cobija que reemplazaría a los fieles cartones, sin embargo, esa cobija no reemplazará los once años a la intemperie, ni la simbiosis que han hecho la calle y él.

La realidad es, que Eliécer no va a dejar nunca la calle, él en el fondo es feliz así: sin horarios, sin deudas, sin obligaciones, sin ansiedades. Es una cuestión de orgullo, de demostrarle a la calle que él puede sobrevivir un día más, y otro, y otro. Ahí no hay nada que yo pueda hacer. Esa misma noche regresé a mi casa, a mi cómoda cama, pensando en todas las películas que no voy a ver, todos los discos que no voy a escuchar y todos los libros que no voy a leer, y eso tampoco cambiará.

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  2. taquicardiaeterna reblogged this from kinodna and added:
    Realmente esto es muy bueno se me erizo la piel al leerlo, se demuestra que aun aun bondad en ayudar a otras personas.
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    La continuación del cuento de Eliécer. Increíble.
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  10. 100canas reblogged this from kinodna and added:
    Parte II
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    Me gusta la historia de Eliécer. Tanto, que cuando pasé frente al Celarg y lo vi, sentí como si me hubiese encontrado a...
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